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Descubriendo Malta a través de su gastronomía

    Joel Arturo Salazar

    En el corazón del Mediterráneo, Malta ha construido una identidad culinaria marcada por nueve mil años de historia, su posición estratégica entre Europa y el norte de África, y el paso de distintas civilizaciones por el archipiélago. Los fenicios, romanos, árabes, la Orden de los Caballeros de San Juan y los británicos dejaron su huella, que con el tiempo se convirtió en parte de una gastronomía profundamente vinculada con la tierra.

    Gran parte de la cocina maltesa encuentra su esencia en los ingredientes de su entorno. Rodeadas por el Mediterráneo y favorecidas por un clima cálido, las islas ofrecen pescados y mariscos frescos, vegetales, hierbas aromáticas, aceite de oliva y productos cultivados localmente. Esta disponibilidad de ingredientes ha impulsado históricamente una cocina de temporada y una estrecha relación entre el campo, el mar y la mesa.

    La influencia mediterránea se reconoce en ingredientes como el aceite de oliva y las hierbas aromáticas, así como en los vínculos gastronómicos de Malta con Sicilia. Sin embargo, los lazos históricos del país con Gran Bretaña también introdujeron otras costumbres. El té con leche, por ejemplo, sigue formando parte de la vida cotidiana, mientras que platillos como los pasteles salados desarrollaron interpretaciones locales con rellenos que van desde espinacas y atún hasta ricotta.

    Recetas que cuentan la historia de Malta

    Entre los platillos más representativos se encuentra la fenkata, considerada una de las expresiones tradicionales de la gastronomía maltesa. Se trata de un platillo de conejo históricamente asociado con las reuniones familiares y los encuentros entre amigos. Puede prepararse frito o en estofado, y el caldo suele utilizarse para acompañar la pasta. En su versión estofada, incorpora ingredientes como vino, ajo, hierbas, papas, semillas de hinojo y pan maltés.

    Otra referencia culinaria es el bragioli, una preparación rústica elaborada tradicionalmente con finas láminas de carne de res enrolladas alrededor de una mezcla de carne molida, huevo, pan molido, hierbas y ajo. Posteriormente, se cocina a fuego lento en una salsa de vino tinto y tomate.

    A estas recetas se suma el zalzett Malti, una salchicha maltesa que se distingue por el uso de sal marina, pimienta negra, semillas de cilantro, perejil y ajo, junto con otras especialidades que varían entre Malta y Gozo.

    La experiencia gastronómica también va más allá de los restaurantes. Desde puestos de comida callejera y establecimientos familiares hasta restaurantes reconocidos internacionalmente, la oferta local brinda la oportunidad de explorar distintas expresiones de la cocina maltesa. Las plazas y calles de Malta y Gozo también conservan una sólida cultura de cafeterías, con espacios de encuentro donde la vida cotidiana se convierte en parte de la experiencia culinaria.

    Malta y Gozo: una tradición vitivinícola milenaria

    El vino ocupa un capítulo propio dentro de esta historia. Sus orígenes se remontan al siglo VIII a. C., cuando los fenicios introdujeron la viticultura organizada en las islas. Uno de los hallazgos arqueológicos más significativos se realizó frente a las costas de Gozo: un naufragio fenicio que data aproximadamente del año 700 a. C. y en el que se encontraron ánforas de producción local utilizadas para transportar vino maltés.

    Posteriormente, los romanos introdujeron nuevas prácticas para el cultivo de la vid y la elaboración del vino. Durante aproximadamente dos siglos de dominio árabe, las prioridades agrícolas cambiaron, y se cree que la producción vinícola sobrevivió principalmente gracias a pequeños agricultores locales.

    La llegada de la Orden de los Caballeros de San Juan en 1530 volvió a transformar la cultura vinícola de Malta. Los Grandes Maestres provenían de algunas de las principales regiones productoras de vino de Europa, y los registros históricos muestran que en Malta se consumían vinos de Chablis, Champagne, Puligny-Montrachet y Brunello di Montalcino, entre otros. Esta apertura enriqueció la cultura vinícola de las islas, aunque también generó una mayor competencia para los productores locales.

    Tras periodos difíciles durante el dominio británico, las dos guerras mundiales y la llegada de la filoxera a finales del siglo XIX, la industria inició una etapa de recuperación. Las variedades de uva autóctonas Ġellewża y Girgentina se mantuvieron como elementos fundamentales de la identidad de Malta, en medio del crecimiento internacional de variedades como Chardonnay, Cabernet Sauvignon y Merlot.

    A partir de la década de 1990, las principales bodegas de Malta realizaron nuevas inversiones y orientaron su producción hacia estándares de mayor calidad. La incorporación de Malta a la Unión Europea en 2004 intensificó la competencia, pero también impulsó una transformación del sector. En 2007, la introducción de las regulaciones DOK alineó los vinos malteses con los sistemas europeos de denominación de origen.

    Actualmente, Malta y Gozo cuentan con diez bodegas registradas bajo la denominación DOK, que producen poco más de 1.2 millones de botellas al año. Visitar sus viñedos y salas de degustación ofrece la oportunidad de experimentar de primera mano cómo las condiciones únicas del archipiélago se reflejan desde la uva hasta la botella.

    La cultura local de bebidas también abarca la cerveza y otras especialidades. Cisk, una cerveza lager maltesa elaborada con malta de cebada, se encuentra entre las bebidas más conocidas del país, mientras que el crecimiento de las microcervecerías ha dado lugar a nuevas producciones artesanales. Otra de las favoritas locales es Kinnie, una bebida sin alcohol de Malta, agridulce, elaborada con naranja y hierbas aromáticas.

    Una escena gastronómica en evolución

    El patrimonio culinario de Malta convive hoy con una nueva generación de chefs que reinterpretan los ingredientes, sabores y recetas del archipiélago desde perspectivas contemporáneas. Esta evolución ha recibido un reconocimiento internacional cada vez mayor.

    La Guía MICHELIN Malta 2026 incluyó 48 restaurantes: un establecimiento con dos Estrellas MICHELIN, seis con una Estrella MICHELIN y cinco selecciones Bib Gourmand. ION Harbour conservó sus dos Estrellas MICHELIN por tercer año consecutivo, mientras que seis restaurantes mantuvieron una Estrella y cinco establecimientos se incorporaron como nuevas recomendaciones.

    Gwendal Poullennec, director internacional de la Guía MICHELIN, señaló que la continuidad de las Estrellas refleja la consistencia culinaria y la calidad sostenida. También destacó que el crecimiento del turismo y el desarrollo de infraestructura podrían favorecer nuevas aperturas de alto perfil que amplíen aún más la oferta gastronómica del archipiélago.

    La edición de 2026 también reconoció al chef George Attard, de 31 años y originario de Gozo, del restaurante Level Nine at The Grand, con el Premio MICHELIN al Chef Joven. Tras adquirir experiencia internacional, Attard regresó a Gozo en 2025 para dirigir Level Nine at The Grand, donde combina inspiración local, técnicas contemporáneas y sabores distintivos.

    Por su parte, Rosamì recibió el Premio MICHELIN al Servicio por su enfoque en la hospitalidad, mientras que Miljan Radonjic, de De Mondion, obtuvo el Premio MICHELIN al Sommelier.

    “La escena gastronómica de Malta ofrece una conexión muy especial con la cultura y el patrimonio maltés. El ingenio de nuestros chefs de clase mundial continúa sorprendiéndonos con una propuesta que no solo se inspira en la tradición, sino que también incorpora elementos contemporáneos”, señaló Michelle Buttigieg, representante de VisitMalta para Norteamérica.

    Explorar Malta a través de su gastronomía es, a su vez, una forma de descubrir la historia de las islas: desde las recetas transmitidas de generación en generación y las variedades de uva autóctonas hasta los restaurantes que reinterpretan este patrimonio. Una identidad moldeada durante siglos en torno al Mediterráneo, que continúa evolucionando sin perder sus raíces.